María Isabel Rodríguez junto a sus compañeros de generación. Hospital Rosales, San Salvador, El Salvador, 1945

Romper todas las barreras en un mundo de hombres

Por Cinthya Ivonne Coto

María Isabel Rodríguez rompió todas las barreras desde muy temprano, desde su educación secundaria. Pero es significativo el modo en que se impuso para estudiar medicina a principios de los años cuarenta del siglo XX en El Salvador. La frase que le dijo el decano de la Facultad cuando ella solicitó su inscripción resuena en su memoria: “La medicina no es para mujeres”. Pero ella no solamente superó con creces las exigencias académicas, lideró la reforma completa de la Facultad y la Universidad años después. Compartimos un fragmento del capítulo segundo del libro biográfico.

«La medicina no es para mujeres»

María Isabel Rodríguez se graduó como bachiller el 22 de noviembre de 1941. Obtuvo el tercer lugar entre las personas graduadas de secundaria de todo el país y fue distinguida como la Primera Bachiller INFRAMEN.1 Eran logros de gran importancia en una sociedad totalmente dominada por hombres. Ese mismo día de su graduación apareció en la sección social de La Prensa Gráfica una felicitación de parientes y amistades para saludar su «triunfo académico».2

Luego de graduarse con honores en la secundaria, María Isabel enfrentó un dilema. Dos carreras universitarias le llamaban mucho la atención. Su primo, Armando Rodríguez Muñoz, estudiaba Medicina. Ella tenía mucho interés porque las conversaciones de su primo con sus compañeros y los libros que llevaba a la casa le habían despertado la inquietud. Se entusiasmó con la carrera desde entonces.3

Por otra parte, se inclinaba por Ingeniería. Ambas carreras parecían estar destinadas solo a hombres. Su profesor de matemática en secundaria y otro pariente, en este caso su prima Elena Flores Rodríguez, quien trabajaba como secretaria en la Facultad de Ingeniería, la habían estimulado. No había ni una mujer entre los estudiantes de esa facultad en aquel momento.4 Pero María Isabel optó por Medicina, donde también había muy pocas mujeres. 

La primera mujer en inscribirse en la Escuela de Medicina fue Concepción Mendoza, en el año 1887; sin embargo, la gente se mostró escandalizada con sus propósitos académicos y ella pronto dejó los estudios. En 1914, otra mujer entró en la Escuela de Medicina y le ocurrió lo mismo que a Concepción Mendoza. En 1930, Eliza Connerotte también se inscribió en Medicina, y abandonó por razones familiares dos años después. En ese mismo año se graduó la primera mujer del campo de Química y Farmacia en El Salvador: Margarita Lanza de Cornejo.5

La academia salvadoreña tenía graves sesgos sobre la capacidad de las mujeres para desempeñarse en ámbitos universitarios. La sociedad en su conjunto aún no estaba preparada para que las mujeres ocuparan puestos de conducción. La primera mujer médica titulada por la Universidad de El Salvador fue Margarita Weber de Béneke, quien se incorporó a la Universidad en 1941, graduada de la Universidad de Friburgo, Alemania. Stella Gavidia de Grabowski era estudiante activa en Medicina; había entrado a la Facultad en 1935 y se graduaría en 1945.6 Adela Cabezas de Allwood también era estudiante de Medicina; ella había entrado en 1938 a la Facultad, continuó cursando la carrera y se titularía en 1948.7 

En 1942, María Isabel fue aceptada en la Facultad, en la carrera de doctorado en Medicina, luego de haber superado con notable brillantez los obstáculos de la academia tradicional y patriarcal. Después de presentar su documentación personal y sus registros académicos, la secretaria que hacía las inscripciones le comunicó que el decano había solicitado hablar con ella. «Acá no se acostumbra eso, no sé por qué quiere hablar», le advirtió la funcionaria, con notable empatía.8

Ella se presentó a la oficina del decano. El recibimiento fue amable en extremo. La trataron muy bien. Sin embargo, el propósito era persuadirla para que desistiera de su entrada a la Facultad; si quería estudiar, era mejor optar por una carrera acorde a lo que la sociedad esperaba de una mujer. Ella recuerda las palabras que en esa ocasión le dijo el decano:

Vas a saber de mi parte qué es la carrera de Medicina. Esta no es una carrera para mujeres, de ninguna manera. Tú tienes la gran oportunidad de servir a tu casa, a tu esposo cuando te cases, a tus hijos, ayudar a tu madre en la familia. Si tú te casas vas a hacer un buen apoyo para el esposo; tú tienes muchísimas cosas que hacer y que son propias de las mujeres y vas a ser una excelente persona en tu casa. La carrera de Medicina se hizo para los hombres. El médico debe ser un hombre, con muchas responsabilidades, muchas complicaciones, mucha demanda, todas las dificultades a las que se expone un médico y que no las puede asumir una mujer.9

La experiencia de las tres mujeres inscritas en Medicina en los años anteriores fue muy diferente a la de María Isabel. Margarita convalidaba su título otorgado por una prestigiosa universidad europea. Stella y Adela provenían de familias social y económicamente privilegiadas. En el caso de Stella, la familia Gavidia era reconocida, sus hermanos eran médicos y funcionarios universitarios, parientes del escritor Francisco Gavidia; en tanto, Adela venía de una familia prestigiosa de Santa Ana, dueña de una imprenta del centro de la ciudad.10

Adela Cabezas cuenta en sus memorias que no tuvo obstáculos para entrar a la Facultad. Además, tenía lazos de amistad con Stella Gavidia, quien la acompañó desde el primer día de estudios. Aunque Adela no hace notar con vehemencia las barreras de género, hay una alusión, si se quiere metafórica, a estas problemáticas cuando narra que Stella le advirtió que en el edificio de la Escuela no existían «baños para señoritas».11 

Stella Gavidia se especializó en Obstetricia y Adela Cabezas en Nutrición. El acceso de las mujeres a la medicina en El Salvador fue inicialmente mediante el estudio y la práctica de la enfermería como profesión. A inicios del siglo XX, la medicina reconocía el trabajo de enfermeras y parteras;12 el Hospital Rosales, fundó una escuela dedicada a la enfermería, las parteras se formaban en la Escuela de Obstetricia del Hospital. En 1935, la enfermera Mélida Palacios fundó la Escuela de Enfermeras Visitadoras de El Salvador, que luego se fusionó con la ya existente Escuela de Enfermería del Rosales.13 

La ginecología, en contraste con la experiencia de las pateras, no era considerado un espacio para mujeres; desde la Edad Media, la ginecología era ejercida por  hombres, y los instrumentos especiales para su práctica fueron creados en el siglo XIX también por hombres. El reconocimiento a las parteras del gremio médico mediante el Hospital Rosales fue importante a inicio de siglo XX, y tuvo como argumento principal la preocupación por la alta mortalidad infantil y la muerte materna; sin embargo, tuvieron que pasar tres décadas para que una mujer fuera admitida en la especialidad de Ginecología y Obstetricia.

María Isabel no solo se decidió por la cardiología, sino por la investigación científica, por la experimentación en laboratorio y la formulación de preguntas de investigación desde la fisiología y la electrocardiografía.

En el proceso formativo, María Isabel se enfrentó a un espacio académico por momentos muy agresivo hacia una mujer con talento sobresaliente para la ciencia. Los prejuicios sobre las mujeres eran abundantes, y en alguna ocasión tuvo que hacer frente a situaciones incómodas, a las cuales sus compañeros de generación hombres no eran sometidos. Por ejemplo, cuando dio su primer examen de anatomía.

El examen de primer año de Medicina era una especie de filtro. Después de esa primera prueba, mucha gente se retiraba de la carrera. La hora de entrada era a las 6 de la mañana. El bedel14 entregaba un sobre cerrado con las indicaciones del examen, guiaba a la persona al lugar donde estaban los cadáveres y cerraba la llave. La persona comenzaba a preparar los cadáveres, la disección y lo que se presentaría en el examen. Cuatro horas después, a eso de las 10 de la mañana, llegaba el jurado, compuesto por tres docentes. Ellos hacían las primeras preguntas y revisaban lo que había preparado la persona examinada. También buscaban en los bolsillos de la persona y otros escondites para descartar que hubiera arrancado un nervio o algún sobrante de tejido mal diseccionado para evitar malas calificaciones.

Esa era la parte práctica del examen. Al concluir la primera parte, la persona pasaba a la segunda planta del edificio, donde se completaba la parte teórica. El jurado se retiraba a deliberar y la persona quedaba a espera del bedel, quien regresaba con la respuesta para indicar si había aprobación para pasar a la segunda parte o no.

María Isabel aprobó sin dificultad la primera parte. Como era usual, quedó encerrada a la espera de la indicación del bedel. El funcionario volvió con respuesta positiva y le dijo que podía subir a completar la parte teórica. Ella respiró aliviada y subió con entusiasmo al segundo piso, pero no se esperaba lo que el profesor tenía preparado.

Después de miles de preguntas del jurado y haber superado la primera parte del examen, el bedel regresó con la respuesta: «Señorita Rodríguez, puede pasar». Di el primer respiro. Pero no imaginé lo que había preparado el profesor de Anatomía, un gran profesor, con un vozarrón, y con público de estudiantes, porque se podía oír el examen, era público. Cuando entro, veo que en la mesa el señor profesor había puesto una pieza anatómica para preguntarme: la pieza era un órgano sexual masculino. Esa era la exhibición que tenía el señor; entonces yo bajé, toda temblorosa, porque estaba con un miedo horrible, y me dice: «A ver, señorita Rodríguez, ¿qué sabe usted de esto?». Por supuesto que el tono en que lo dijo era medio en broma y medio en serio. Vino la carcajada general, en vez de solidarizarse. Pero yo creo que ahí uno se arma de valor, porque yo no hice caso de la situación, sino que empecé a disertar, parecía lora, hablando de punta a punta, como que no me había pasado nada. Empecé a describir la pieza, su función y todo lo demás, casi olvidándome del momento incómodo, pero en el fondo estaba indignada.15

Aquella situación singularmente molesta no la hizo desistir de sus propósitos intelectuales. María Isabel no solamente mantuvo en alto su voluntad y su empeño, fue una estudiante sobresaliente, identificada y valorada por compañeros de generaciones anteriores y por los profesores más respetados, incluido el rector. El ambiente universitario era enérgico. Las veladas de los estudiantes de Medicina ya eran reconocidas por la gente de la capital por su crítica política mordaz.

El ambiente universitario estaba lleno de costumbres y tradiciones poco ortodoxas. A los estudiantes de primer año, los mayores los tomaban desprevenidos, los sometían y los rapaban. Era costumbre que hasta segundo o tercer año se les llamara «pellejines».16 María Isabel a veces usa este mote (a manera de broma) para referirse a ella misma y a su papel transgresor en la Facultad. Sin embargo, ella no estaba integrada a esa cultura universitaria y no tenía la misma forma de pensar que sus compañeros de clases. Además de aquellas tradiciones agresivas, ellos rechazaban a los profesores que exigían excelencia. Tenían temor de que fueran muy severos en los exámenes privados finales y hacían esfuerzos por destituirlos. Entre esos profesores estaba el cardiólogo Ricardo Quesada, que recién había vuelto de especializarse en Inglaterra y se había convertido en el mentor de María Isabel.

Los compañeros le reclamaban que ella como mujer, única mujer, no tenía derecho a oponerse al criterio de la mayoría. Estas desavenencias se expresaban en la exclusión de María Isabel de los actos importantes de la generación, como la fotografía de egreso, en la cual no aparece porque no le notificaron la fecha y la hora para que no llegara.17 

En mayo de 1949, María Isabel rindió los exámenes privados orales. Eran exámenes duros y la mayoría de profesores eran muy exigentes. No era fácil superarlos en el primer intento. Era parte de la perspectiva académica de la época: había que exigirle al máximo al estudiantado para que llegara a la excelencia total. La Facultad nombraba un jurado, la estudiante se presentaba y se sometía a las preguntas del panel y las respuestas tenían tiempo limitado. María Isabel rindió y aprobó los tres exámenes privados: Clínica Quirúrgica, Clínica Obstétrica y Clínica Médica.18

También defendió su tesis, que se tituló Acción del tartrato de ergotamina en el electrocardiograma normal, orientada por su trabajo en el recién creado Servicio de Cardiología del Hospital Rosales. El jurado estaba conformado por el cardiólogo Alberto Ávila Figueroa, el electrocardiografista Ernesto Fasquelle y el internista José Ricardo Martínez. La tesis fue aprobada.19


Referencias bibliográficas

1. Carlos Emilio Álvarez, «Mi maestra» (original no publicado, última modificación: 11 de marzo de 2021), archivo de Microsoft Word, 6.

2. «Sociedad. Bachillerato | Este día recibía su título de Bachillerato en Ciencias y Letras la señorita María Isabel Rodríguez […]», La Prensa Gráfica, sábado 22 de noviembre de 1944, 9.

3. María Isabel Rodríguez, entrevistada por Marcela Belardo (transcripción de audio, última modificación: 5 de octubre de 2021), archivo de Microsoft Word, 1

4. Rodríguez, entrevistada por Marcela Belardo (transcripción de audio, última modificación: 5 de octubre de 2021), archivo de Microsoft Word, 2

5. Allwood Paredes, «Mujeres en la Medicina», 277-313.

6. Allwood Paredes, «Mujeres en la Medicina», 277-313.

7. Allwood Paredes, «Mujeres en la Medicina», 277-313.

8. Rodríguez, entrevistada por Marcela Belardo (transcripción de audio, última modificación: 5 de octubre de 2021), archivo de Microsoft Word, 2.

9. Rodríguez, entrevistada por Marcela Belardo (transcripción de audio, última modificación: 5 de octubre de 2021), archivo de Microsoft Word, 2.

10. Adela Cabezas de Allwood, Mujer Médico. Siglo XX (San Salvador: Editorial Arte y Letras, 2000), 5-20.

11. Cabezas de Allwood, Mujer Médico…, 5-20.

12. Nicasio Rosales, Manual de la enfermera y la partera (1906). Rosales, médico, sostenía que era necesaria la formación de las parteras en la Clínica Obstétrica del Hospital Rosales como parte del progreso de los estudios médicos en El Salvador. Hasta el siglo XIX, no existía la profesión de enfermería y el cuidado de personas enfermas en Hispanoamérica estaba destinado a órdenes religiosas de monjas. 

13. Elena Salamanca, CONS-TELAR. Coordenadas, redes e interconexiones de mujeres en la cultura visual de Centroamérica y México, 1921-2021 (San Salvador: Centro Cultural de España, 2025).

14. El bedel era la persona que tenía a su cargo las llaves de la Escuela de Medicina, velaba por el mantenimiento y la seguridad del edificio y anunciaba la hora de entrada a las clases. Véase en Carlos Infante Meyer, Historia de la Escuela de Medicina de la Universidad de El Salvador (San Salvador: Centro Oftamológico Infante Meyer, 2005), 63.

15. Rodríguez, entrevistada por Marcela Belardo (transcripción de audio, última modificación: 5 de octubre de 2021), archivo de Microsoft Word, 3.

16. Infante Meyer, Historia de la Escuela de Medicina, 65.

17. Rodríguez, entrevistada por Marcela Belardo (transcripción de audio, última modificación: 5 de octubre de 2021), archivo de Microsoft Word, 3.

18. Certificación de aprobación de tres doctoramientos privados previos a la opción del título de Doctorado en Medicina: Clínica Médica, Clínica Quirúrgica y Clínica Obstétrica, por la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de El Salvador (Universidad Autónoma de El Salvador, 10 de mayo de 1949).

19. Certificación de aprobación…