
María Isabel Rodríguez: una pionera en América Latina
Por Salvador Moncada
Con una distinguida carrera que abarca la medicina, la academia y la política, María Isabel Rodríguez ha impulsado significativamente el derecho a la salud y la educación en América Latina. Su dedicación le ha valido el reconocimiento como pionera y defensora del cambio social.
Es un gran honor ser parte de este proyecto biográfico y escribir este artículo introductorio, en el que pretendo simplemente anotar los puntos salientes de una vida ejemplar: la vida de la doctora María Isabel Rodríguez, distinguidísima científica, educadora y política de la República de El Salvador y del mundo. En mi caso particular, es un placer especial presentar a la maestra, a la amiga, a la consejera y a la mentora de muchos años, cuya influencia ha sido grande en mi vida personal y profesional.
María Isabel Rodríguez ha tenido una brillante, variada y larga carrera y en cada etapa de su ruta ha hecho contribuciones fundamentales. El hilo conductor de su labor ha sido su pasión por la ciencia, la docencia y la justicia social. Este proyecto biográfico se propone hilvanar esa pasión de María Isabel en el transcurso de ocho capítulos y es ante todo un libro colectivo, en el que además participan personas que conocen, acompañan y quieren a María Isabel.
Lo fundamental de este libro es dar a conocer cómo la formación médico-científica, los proyectos universitarios y la capacidad de gestión política de María Isabel va adquiriendo poco a poco un alcance
latinoamericano. Sus años formativos en El Salvador en la década de los cuarenta y su estancia en México y Estados Unidos durante los años cincuenta forjan en ella una experiencia y una visión de vanguardia, con un lúcido carácter estratégico. La vida de esta científica centroamericana muestra cómo la ciencia y la política no están separadas. Todo lo contrario, para María Isabel la ciencia misma es revolucionaria, y no hay posibilidad de cambiar el mundo sin poner en el centro la educación y la salud de la gente.
Pasión por la ciencia
María Isabel obtuvo el título de doctora en Medicina con honores en el año de 1949. Desde muy temprano se interesó por la investigación y la docencia en el campo de la fisiología cardiovascular. Su tesis doctoral acerca de la acción del tartrato de ergotamina sobre el electrocardiograma normal definió lo que sería su vida de investigadora en los siguientes diez años.
Entre los años 1949 y 1954 en el Instituto de Cardiología de México, como becaria, hizo un posgrado en cardiología y otro en ciencias fisiológicas. En esa época tuvo la oportunidad de interactuar con maestros excepcionales, como Ignacio Chávez, Arturo Rosenblueth Stearns, Enrique Cabrera, Rafael Méndez y Demetrio Sodi Pallares, con quien publicó artículos pioneros de la electrocardiografía. Estos estudios definieron la secuencia de activación a lo largo del septum, paredes libres y regiones basales del corazón y alteraciones en algunas patologías.
Entre 1957 y 1958 trabajó con Allen Scher, en el Departamento de Fisiología y Biofísica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Washington en Seattle. Nuevamente publicó artículos de gran originalidad e influencia internacional acerca de la activación y conducción del impulso nervioso a través del nodo atrioventricular y su distribución hacia los ventrículos.
En 1958 regresó a El Salvador como profesora de la Facultad de Medicina de la Universidad de El Salvador, en donde participó en la reforma que revolucionó la enseñanza. La Facultad de Medicina se convirtió en un faro de influencia académica y científica en América Latina y los métodos educativos allí utilizados fueron ejemplo para muchas otras facultades no solo en América Latina, sino en el mundo.
Es en esa Facultad de Medicina donde me formé a partir de 1962 y donde conocí a María Isabel y otros académicos de gran renombre como Pedro Sánchez García, profesor de farmacología, con quien desde entonces nos une profunda amistad. El programa de profesores visitantes, del que era parte Pedro, fue uno de los pilares de la reforma y contribuyó grandemente a convertir a la Facultad de Medicina en un centro de pensamiento crítico cuya influencia fue más allá de la Universidad y mucho más allá de la medicina.
María Isabel no solo fue, con el doctor Fabio Castillo, gestora principal de innovaciones educativas que contribuyeron a la reforma de la Universidad de los años sesenta, sino que además fue profesora excepcional: mantuvo y desarrolló su carrera científica con estudios fundamentales acerca de la cardiopatía de la enfermedad de Chagas y representó a la Facultad y a la Universidad en entidades científicas, políticas y gubernamentales nacionales e internacionales.
Esa etapa culmina con la elección de María Isabel en 1967 como primera mujer decana en la historia de la Facultad de Medicina de la Universidad de El Salvador, desde donde llevó a la Facultad a su más alto nivel de desarrollo docente y científico y de reconocimiento internacional. Sus contribuciones más importantes fueron la formación de personal de alto nivel en el extranjero, el desarrollo de una biblioteca moderna y la evaluación continuada de los profesores, de los alumnos y de la actividad científica de la Facultad. Durante esa época, hasta mi expulsión de El Salvador en el año 1971, tuve el privilegio y el placer de apoyar los planes de María Isabel de modernización de la educación universitaria en El Salvador y de apreciar sus dotes de mentora y de líder excepcional.
En 1972, y como consecuencia del asalto y la destrucción de la Universidad por el gobierno militar de turno, María Isabel debió abandonar su país y se integró a la Organización Panamericana de la Salud (OPS), oficina regional de la Organización Mundial de la Salud (OMS), desde donde desarrolló durante más de veinte años una fecunda e incansable labor al servicio de la educación médica, el desarrollo de los recursos humanos en salud y la salud internacional.
De la experimentación científica a la transformación social
Entre 1973 y 1982, fue consultora y representante de la OPS en México, Venezuela y la República Dominicana. Desde esas posiciones trabajó con instituciones de educación superior del continente, contribuyó al desarrollo de centros de enseñanza e investigación y participó, entre otras, en la creación y desarrollo de la Universidad Autónoma Metropolitana de México Unidad Xochimilco (UAM-X) y, dentro de ella, de la maestría en Medicina Social, uno de los programas pioneros en salud y ciencias sociales.
Es en esta época cuando el pensamiento de María Isabel se enfoca en la relación que hay entre lo médico y lo social y eso se convierte en uno de los grandes temas de su actividad posterior. Es una época de gran debate y renovado entusiasmo en la que se crea un foro permanente de discusión con la participación de intelectuales como Juan César García y el científico social español Vicente Navarro, quien publicó un artículo titulado «El subdesarrollo de la salud o la salud del subdesarrollo», al que le dedicamos muchas horas de discusión y que de varias maneras sirvió de marco de referencia para esa época tan productiva.
Además, en ese periodo, María Isabel lideró un amplio proceso de análisis de la formación del personal de salud y de la cooperación técnica entre países de la región enfatizando en la necesidad de desarrollar una medicina comprometida con el desarrollo social.
En 1983 se trasladó a Washington, a la Oficina Central de la OPS, para hacerse cargo de la coordinación de un programa pionero de desarrollo de las representaciones de la OPS/OMS. Este programa intentaba mejorar los procesos de cooperación técnica y fortalecer la cooperación entre países de América Latina.
Entre 1985 y 1994 dirigió el recién creado Programa de Formación en Salud Internacional, que tenía como objetivo contribuir a la formación de líderes y a la cooperación internacional en salud. Durante su gestión participaron 79 profesionales jóvenes provenientes de todos los países del continente americano. El objetivo, de enorme relevancia, era crear líderes identificados con los principios de la declaración de Alma Ata, la importante reunión de la Organización Mundial de la Salud llevada a cabo en 1978, que definió la salud como «un estado de completo bienestar físico, mental y social y […] un derecho humano fundamental. La consecución del nivel de salud más alto posible es un objetivo social prioritario en todo el mundo que requiere de la participación de muchos sectores».
El gestor principal de esa reunión, así como de la larga lucha por un mundo en el que hubiese salud para todos, fue el insigne salubrista Halfdam Mahler, tres veces director de la Organización Mundial de la Salud, admirado amigo de María Isabel.
La lucha por reformar la Universidad
En 1994, María Isabel regresó a El Salvador, donde cualquiera hubiese pensado que después de esa excepcional carrera se dedicaría a gozar de su retiro y, como muchos hubiésemos querido, a escribir sus memorias. Ella tenía planes distintos. El cargo de docente ad honorem de la Universidad le quedaba estrecho y fue así como, en 1999, fue elegida la primera mujer rectora de la Universidad de El Salvador con el 70 por ciento de los votos de la comunidad universitaria y reelegida para un segundo período, entre el 2003 y el 2007, con el 95 por ciento de los votos.
En ambas ocasiones, previo a las elecciones, conversamos largamente, ya fuera en persona o a través de las frecuentes conversaciones telefónicas que hemos mantenido durante más de 40 años. En ambas ocasiones, mi consejo fue negativo y, en ambas, conociéndola, sabía que sería imposible disuadirla, pero, además, que, si ella aceptara esa responsabilidad, su gestión sería excepcional.
Durante este periodo, y bajo el lema «Hacia la unidad y la transformación académica de la Universidad al servicio de la nación», se realizó un ambicioso proyecto, cuyos objetivos eran crear una institución de alto nivel académico que estuviese comprometida con el país. La población estudiantil se triplicó, así como el presupuesto universitario, que contenía, por primera vez, una partida para la investigación científica.
Ese fondo fue utilizado en la creación de centros de excelencia en investigación, que serían los motores del desarrollo universitario. Además, se fortaleció el Programa de Jóvenes Talento, cuyo objetivo era la recuperación de jóvenes de todos los sectores de la población para darles la oportunidad de formación intelectual, especialmente a los sectores más desfavorecidos.
Finalmente, se llevó a cabo una muy significativa obra de construcción y reconstrucción de las instalaciones de la Universidad, que habían sido destruidas en más del 80 por ciento por la guerra y los terremotos. Su periodo como rectora de la Universidad de El Salvador concluyó en noviembre de 2007.
La lucha por el derecho a la salud
En el año 2009, después del triunfo electoral del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) en las elecciones presidenciales, la carrera de María Isabel tomó un nuevo rumbo. Primero fue nombrada por el presidente electo integrante de la comisión de transición encargada del área social, y en junio de ese mismo año fue nombrada ministra de Salud de El Salvador.
Desde ese ministerio, María Isabel condujo una reforma del sistema de salud del país basada en la estrategia de atención primaria y en la visión de salud como derecho humano, en la que la educación de la población y su participación en la solución de sus problemas de salud desempeñó un papel fundamental. Los resultados comenzaron a verse muy pronto.
Su periodo como ministra de salud finalizó el 1 de junio de 2014, pero su trabajo continuó, pues ese mismo mes fue nombrada por el nuevo presidente electo como asesora presidencial en salud y educación, desde donde impulsó actividades dedicadas a alcanzar una cobertura universal de salud y una educación de calidad para toda la población salvadoreña. En ese cargo fungió María Isabel hasta el año 2019.
María Isabel ha tenido no solo una fecunda actividad docente, de investigación y liderazgo universitario y político, sino que además ha publicado ampliamente en las áreas de investigación biomédica, educación médica, salud internacional, atención primaria de la salud y política universitaria. Su labor ha sido reconocida ampliamente.
Los reconocimientos de María Isabel se cuentan por decenas, desde doctorados honoris causa y profesorados eméritos hasta condecoraciones de países amigos como Francia, España y Chile. Centros de trabajo científico de gran trayectoria en América Latina han reconocido sus aportes, como la Fundación Oswaldo Cruz de Brasil. Organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud y la Organización Panamericana de la Salud le han hecho honores por su valioso servicio en la lucha por el derecho universal a la salud. La Unión de Universidades de América Latina y el Caribe (UDUAL) le otorgó el Premio Carlos Martínez Durán, un galardón especial para quienes han aportado de manera excepcional al fortalecimiento de la educación universitaria latinoamericana. La Real Academia Nacional de Medicina de España la nombró académica correspondiente. Son muchos más los galardones otorgados a María Isabel, incluyendo el reconocimiento por sus aportes a la lucha por los derechos de las mujeres.
Pinceladas personales
Quisiera finalizar con unas pinceladas personales. Toda la labor de María Isabel y todas sus aportaciones no son suficientes para describirla como persona. María Isabel es, por sobre todas las cosas, un ser profundamente humano, de inmensa sabiduría, visionaria y de un inigualable sentido común. A esto se unen un claro entendimiento del sentido práctico de la vida y una lealtad a toda prueba. María Isabel tiene amigos por todas partes y, en todas, sus amigos guardan su amistad como un tesoro. Sus oponentes, de los que ha habido muchos, como es el caso de toda persona excepcional, han tenido siempre una opositora implacable, pero consecuente, veraz y alejada de las pequeñeces del antagonismo personal.
En mi caso, como dije al principio, es un placer y un privilegio haber compartido muchos años con María Isabel, alguien cuyo paso ha ido dejando un trazo indeleble en la vida de El Salvador y de América Latina.
Entre muchas otras, la experiencia de escribir este libro ha sido un ejemplo de sus métodos de trabajo. Por muchos años le pedimos a María Isabel que trabajásemos en su autobiografía; la respuesta fue siempre la misma: «ahora no tengo tiempo, estoy muy ocupada». Finalmente, hace dos años aceptó el reto y el resultado, como tantas veces antes, fue la formación de un grupo de trabajo bien integrado que ha funcionado utilizando las sinergias entre compañeros y compañeras de varias especialidades y de épocas diversas y que, naturalmente, influenciados por el carisma de María Isabel, se pusieron a trabajar. María Isabel ha sido el motor y la guía de una serie interminable de conversaciones agradables y muy productivas que han dibujado su perfil sobre la trama de la sociedad salvadoreña del último siglo.
De allí surgió la idea de que la vida de María Isabel debería escribirse en su contexto histórico, algo así como: María Isabel Rodríguez. Su vida, sus tiempos. La otra modalidad que introdujimos fue no hacer un libro de autor único o de un número reducido de personas, sino un libro de estilo monográfico basado en una división más o menos arbitraria de los periodos de la vida de María Isabel, cubierta por capítulos en los cuales las autoras y los autores, como se hace en los libros científicos, exploran un tema general con aportaciones parciales, cada una con la posibilidad de ser leída independientemente.
El libro cuenta con el protagonismo de historiadores testigos de los cambios históricos reseñados, historiadoras jóvenes y la voz de compañeras que han trabajado junto a María Isabel, especialmente en las últimas décadas. A ellas se ha sumado nuestra coeditora Elena Salamanca, quien además ha hecho contribuciones importantes de estilo y de contenido.
La razón de todo esto es que yo pienso —y me ilusiona— que este libro se convierta en la base de un centro de estudios de la realidad salvadoreña, de donde surjan muchos proyectos de investigación sobre diversos temas. Ese sería el mejor regalo que los salvadoreños pudieran hacerle en el futuro a nuestra querida e insigne María Isabel.
No me queda más que agradecer a todas las personas que han participado en esta agradable aventura, principalmente a Pablo Benítez, sin cuyo tiempo y esfuerzo, en varias capacidades, no hubiéramos caminado mucho; a los escritores y contribuidores de los distintos capítulos: Marcela Belardo, Roberto Turcios, Julia Marroquín, Julia Flores, Ricardo Suárez Arana, Herberth Morales, Carlos Gregorio López, Delmy Dubón, María Teresa Escalona, Laura Nervi; a Carlos Moreno, Vanessa Contreras, Cinthya Coto, Nohemí Hernández, quienes contribuyeron en toda la investigación documental, y a todos los que nos han ayudado con buenas sugerencias. Finalmente, un saludo a todos los lectores y lectoras, buena lectura y esperamos contar con un ojo crítico, leal y constructivo.